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    2 de noviembre une vida y muerte en los panteones

    Visitan a seres queridos
    Visitan a seres queridos. (Leonardo Moreno)

    En este Día de Muertos el más popular, el más visitado en la capital zacatecana fue el de Herrera, el llamado «panteón de los pobres» por sus orígenes. Un ligero olor a muerte, a cempasúchil, a nostalgia impregnó en su ambiente.

    Fueron cientos de personas que visitaron a sus fieles difuntos en este camposanto. Limpiaron la maleza que cubría las lápidas, les colocaron flores y dedicaron tiempo para rezarles.

    Al medio día, el sol quemaba. Azadones, palas y picos se utilizaron para dejar impecables las lápidas; posteriormente, con cubetas de agua apaciguaron el polvo que se levantaba.

    Las familias completas ponían caminos de cempasúchil y ramos de margaritas, mano de elefante, rosas y lluvia en las tumbas. La música puso un toque funesto, ‘Amor eterno’ de Juan Gabriel fue una de las canciones más sonadas.

     

     

    El panteón de Herrera se coloreó de amarillo intenso y de naranja estridente, el aroma que desprenden activó los sentidos de los visitantes. Era el presagio de un día cargado de recuerdos y de solemnidad.

    Un puñado de nubes, de vez en cuando, sombreaba algunos lunares del panteón, que a los cuatro puntos cardinales estuvo concurrido, desde la entrada hasta el fondo, y de norte a sur.

    No todos los muertos recibieron visitas de sus familiares, algunos permanecieron en el abandono y otros en el anonimato. Lápidas destruidas, carcomidas por el tiempo y sepultadas sobre zacate seco.

    Niños, jóvenes y adultos estuvieron recorriendo los andadores del camposanto de Herrera, había risas, rezos y bullicios. Era la vida que cada año recobra esta tierra santa.

     

     

    Ese ambiente tan popular, tan tradicional en estas fechas, contrastaba con el silencio y color lúgubre que siempre tiene el panteón de La Purísima, «el de los ricos».

    En su mayoría, las imponentes construcciones mortuorias lucieron como siempre: solas, sin flores, sin vida, sin rastros de visita. Una aquí, otra allá, tenía pequeños racimos de flores de cempasúchil. Nada extraordinario.

    Las lápidas y capillas de cantera rosada y herrería oxidada no tenían tiempo, lo mismo daba que en sus entrañas tuvieran cadáveres de 1860, de 1980 o del 1891. Al 2016 seguían inertes, de pie y con un fuerte golpe de olor a Soledad.

    Unos cuantos metros hacia el fondo del camposanto, tres lápidas se hicieron sobresalir; estaban cubiertas con hule negro una leyenda en cartulina blanca decía: «Estas tumbas están de luto porque fueron profanadas».

     

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    Los pocos paseantes por este panteón dirigían sus miradas hacia ellas; un par de policías municipales realizaba rondines de vigilancia. No había mucho que vigilar ante la poca afluencia de personas.

    Aquí, en el panteón de La Purísima no había música, ni un tumulto de flores de colores, tampoco había rezos entre murmullos. El silencio fue una constante en este mausoleo antiguo, que data de 1879.

    Las lápidas de la entrada, las más antiguas, no tenían rastro de visita. Seguían con maleza y sin una flor en su estructura. No había pisadas que demostraran lo contrario.

    Las de al final, esas lápidas sí fueron limpiadas y consentidas con flores. En esa parte no todo fue color rosa por la cantera y café por el zacate. Tuvieron la dicha de recibir visitas y flores de cempasúchil.

    Pocos visitantes salían y muy pocos entraban. El «panteón de los ricos» lució sobrio, sin sobresaltos, con su estilo habitual, lejos del ambiente festivo del Panteón de Herrera.

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