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    “Tron: Ares”: un cyberpunk tan aburrido que ni Jared Leto lo puede salvar?

    “Tron: Ares” es la tercera entrega cinematográfica del universo de ciencia ficción de “Tron”. Con esta franquicia, que ya se siente bastante anticuada, Disney intenta explorar un tema de actualidad: la infiltración de la inteligencia artificial en nuestro mundo, la cual, de repente, adquiere conciencia propia. Sin embargo, el resultado es tan predecible que la película no se salva ni con el carismático Jared Leto, cuyo encanto natural y energía de estrella parecen hechos a la medida para este tipo de papeles. Aquí te contamos por qué el nuevo “Tron” en 2025 se siente como un anacronismo y cómo, a pesar de todo, es posible disfrutar de esta cinta.

    El acertijo no es sencillo: ¿para qué desenterrar la franquicia “Tron”, ya sepultada por el tiempo, y arrastrar a la fuerza a una nueva generación de espectadores a una versión moralmente obsoleta, aunque visualmente renovada, de un futuro alternativo? La respuesta más simple es que la corporación Disney, que para la ocasión se dio el lujo de pisotear su propia e icónica intro (el castillo de la Bella Durmiente se convierte en una especie de simulación por computadora), quiere volver a sacar lana explotando material viejo. La nostalgia es un recurso tóxico y poderoso, y Jared Leto sigue viéndose increíble, sobre todo con barba y en un traje ajustado, así que el truco podría funcionar. Pero eso no hace que la película sea mejor.

    La primera “Tron” de 1982, con un joven Jeff Bridges –y no te preocupes, su fantasma regresará en esta nueva cinta, recordándonos a los espectros de los jedis muertos de “Star Wars”–, fue un ejemplo, si no revolucionario, sí pionero del cyberpunk temprano. Pero ya el intento de revivir la franquicia en 2010 causó más confusión que entusiasmo: en la era post-“Matrix”, ver algo así es casi imposible.

    Con una seriedad que raya en lo solemne, el guionista Jesse Wigutow y el director Joachim Rønning –un especialista noruego en secuelas de Hollywood (“Piratas del Caribe: La venganza de Salazar”, “Maléfica: Dueña del mal”)– nos cuentan la historia de un mundo donde la tecnología y la estética de los videojuegos se han convertido en la clave para la salvación de la humanidad. La corporación Dillinger Systems, liderada por el ambicioso y descarado Julian Dillinger (Evan Peters, de “X-Men”), presenta con orgullo su última creación: un soldado universal con el nombre clave de Ares. Este ser llega a nuestra realidad desde un mundo virtual, no le teme a ningún peligro y es capaz de cualquier hazaña.

    Los aburridísimos pleitos corporativos, apenas aderezados con escenas de acción mecánicas y en su mayoría generadas por computadora, se presentan bajo el pretexto de un problema supuestamente actual: la llegada de una IA a nuestro mundo que, de un momento a otro, adquiere conciencia. La idea es más vieja que el propio cine. Da la impresión de que el guion fue generado por una red neuronal a la que le pidieron crear una historia sobre una IA malvada.

    La razón por la que Ares, que lleva el nombre del antiguo dios griego de la guerra, tiene rasgos humanos, nunca se explica bien. Su personalidad es tan básica que, si intentáramos crearle una carta astral con chat gpt, el resultado probablemente mostraría solo dos aspectos dominantes: “programa” y “guerra”. Aunque, claro, nosotros sabemos que los productores simplemente necesitaban poner en primer plano al eterno galán carismático de Leto. Obviamente, en el camino, Ares aprende a ser humano, como el monstruo de Frankenstein, Pinocho o Terminator. Pero los diálogos y la trama están escritos con una flojera tal que es imposible creer en esta milagrosa transformación.

    En general, “Tron: Ares” les da a sus actores –y entre ellos hay algunos excelentes, como el mismo Bridges o Gillian Anderson– muy pocas razones para esforzarse, ya que la apuesta principal está en los efectos visuales. En los últimos cuarenta años, el cyberpunk se ha convertido en un montón de clichés, y la mayoría de ellos están reunidos en esta nueva película. Las persecuciones interminables y las escasas peleas no entretienen tanto como deprimen por su monotonía. Y los giros en la trama son tan predecibles que no tiene caso spoilearlos: los adivinarás todos tú mismo, incluso sin poner mucha atención.

    Para nosotros, la principal razón para ver la película hasta el final fue el soundtrack original de Nine Inch Nails. Trent Reznor y Atticus Ross llevan mucho tiempo creando música para cine, tienen en su haber un montón de grabaciones magníficas y premios bien merecidos, pero el caso de “Tron” es especial. Quizás los autores quedaron particularmente impresionados con la primera película de la franquicia, o tal vez sienten una conexión con la IA humanizada de la que habla el guion. Los compositores, que aquí también fungen como productores ejecutivos, aparecen por primera vez en años en los créditos bajo el nombre de su icónica banda, y no con sus nombres individuales. Su ritmo lúgubre, en el que se percibe a veces una ironía mordaz o una agresión pasiva, tiene un efecto adictivo que te obliga a dejar de ver la película para ponerte a escucharla.