Este domingo falleció el padre Carlos de Jesús Félix Díaz, fundador del Instituto Zacatecas A.C., hoy conocido como Instituto Miguel Agustín Pro (IMAP). Su legado como educador, formador y guía espiritual deja una huella en Zacatecas.
Nacido el 13 de diciembre de 1934, el presbítero Carlos Félix Díaz fue ordenado sacerdote el 12 de diciembre de 1958. Hijo del fotógrafo y músico Isauro Félix Berumen, dedicó su vida entera al servicio de Dios y de la educación, formando generaciones de seminaristas, sacerdotes, párrocos, vicarios episcopales y destacados profesionistas en México y el extranjero.
Entre los muchos momentos memorables en la vida del padre Carlos, uno quedó grabado no solo en la historia de Zacatecas, sino también en el corazón de quienes lo conocieron: su acompañamiento al papa San Juan Pablo II durante su visita a la Catedral Basílica de Zacatecas el 12 de mayo de 1990.

Fue un hombre de fe inquebrantable, exigente en su disciplina, generoso en el servicio y profundo en sabiduría. La fundación del Instituto Zacatecas fue una de sus más grandes obras.
En 1987, cuando el seminario menor dejó de albergar al alumnado por decisión del obispo, el padre Carlos solicitó 6 meses para crear una nueva institución educativa.
Contra todo pronóstico y con la ayuda de padres de familia, maestros y personal que incluso donaron su aguinaldo, logró construir las primeras aulas del IMAP sobre los restos de un antiguo establo, hoy símbolo de una institución sólida y reconocida por su excelencia.

Durante más de 4 décadas dirigió con firmeza, cercanía y visión humanista, apostando por la formación académica de calidad, pero sobre todo, por la enseñanza de principios y valores.
En sus palabras, «esta escuela es para gente necesitada», y lo demostró al otorgar incontables becas a estudiantes con dificultades económicas, siempre confiando en ellos, en sus familias y en su futuro.
El padre Carlos dominaba varios idiomas y era capaz de impartir clases de cualquier materia en caso de ausencia de un profesor. Su presencia en las aulas imponía respeto sin necesidad de gritos: su figura inspiraba por sí misma.
Se decía que era como el «Gato Félix», porque aparecía silenciosamente en los salones para asegurarse del orden y del compromiso de alumnos y docentes.





