Emily Leilani, de 13 años, fue localizada sin vida este martes, dentro de un tiro de mina en Vetagrande, el mismo sitio donde, 16 días antes, fue hallado el cuerpo de su madre, Mayra Patricia Morales González, de 36 años.
La Fiscalía General de Justicia del Estado de Zacatecas (FGJEZ) confirmó que hay un hombre detenido, Christian Jonathan ‘N’, quien era pareja sentimental de Mayra y está señalado como el principal sospechoso de la desaparición y feminicidio de ambas.
En octubre 2024, la Fiscalía tomó conocimiento respecto a la desaparición de ambas, dando inicio de manera inmediata a las acciones para lograr su localización, entre ellas 2 cateos, con lo que se logró establecer la identidad del probable responsable, quien fue aprehendido.
Desde enero de 2025 fue vinculado a proceso por desaparición cometida por particulares y se encuentra en prisión preventiva, pero ahora, con el hallazgo de las víctimas, el Ministerio Público busca la reclasificación del delito como feminicidio.

La tristeza envolvió esta semana a la comunidad educativa de la secundaria Salvador Vidal, donde alumnos y maestros despidieron entre lágrimas y silencios rotos a Emily Leilani.
Madre e hija desaparecieron el pasado 14 de octubre de 2024. Desde ese día no se les pudo localizar y en casa quedó la mochila de Emily, su uniforme escolar, e incluso los tenis que nunca olvidaba. Pero no estaban ellas.
Lo que en un principio fue una búsqueda desesperada, pronto se convirtió en una pesadilla que este martes terminó con la certeza del feminicidio de ambas.
Primero fue Mayra, encontrada a finales de abril. Y ahora, con el hallazgo de Emily, se apagó por completo la esperanza que su familia sostenía. La muerte de ambas no fue un accidente.
Todo apunta a que el responsable es el entonces novio de Mayra, hoy detenido por su implicación en la desaparición. Las circunstancias extrañas de ese 14 de octubre —la casa intacta, los perros solos, los teléfonos sin responder— dejan claro que ni madre ni hija se fueron por voluntad propia, pero tampoco las sacaron a la fuerza y estaba implicado alguien que las conocía.

La escuela donde Emily cursaba el segundo grado la recibió por última vez, pero no como debía. Esta vez, dentro de un ataúd blanco, cubierto con el banderín y el escudo que representaban su amor por ese lugar.
Compañeros, docentes y padres de familia montaron un homenaje lleno de flores, globos blancos y palabras que no alcanzaron a cubrir el vacío.
Sus compañeros la recordaron como una niña brillante, dulce y creativa, con una sonrisa que contagiaba y sueños tan grandes como su corazón. Le gustaba el baile, el dibujo, y soñaba con viajar a Corea del Sur. Para cumplir ese sueño, ya ahorraba haciendo figuras de idols de K-pop que vendía con ilusión.
Su familia no olvida que ese viaje sería su regalo de 15 años. Ahora, en lugar de preparativos y emoción, tienen que llorar su ausencia y exigir justicia.

Durante 6 meses, sus familiares recorrieron caminos, se sumaron a colectivos de búsqueda y tocaron puertas. La fe se mantuvo viva, incluso después de sepultar a Mayra. Pero el hallazgo de Emily confirmó lo que tanto temían: que ambas fueron víctimas de un asesino que quiso desaparecer sus cuerpos.
En la funeraria, entre playeras con sus rostros y el llanto contenido, la familia resumió su dolor en una frase que duele por su verdad: “Todo se lo arrebataron”. La familia solo desea justicia, no solo para castigar al culpable, sino para evitar que otras niñas y mujeres sean asesinadas y silenciadas.






