Viernes 22 Junio 2018

Alimentos transgénicos, fraude a la humanidad: Druker

Un libro extraordinariamente documentado, “Genes alterados, verdad adulterada”, presentó el escritor, abogado en causas sociales norteamericano y exempleado del gobierno de Estados Unidos, Steven M. Druker.

En su obra pone al descubierto que la manipulación genética de alimentos de origen vegetal se transfiere al reino animal –el ser humano incluido—, lo que pone en serio riesgo la salud de los consumidores, por la alteración es causa comprobada de nuevas enfermedades.

“Esto es un reto científico de grandes dimensiones, que se añade a los padecimientos convencionales”, explicó en la presentación de la obra.

En el auditorio del Club de Periodistas, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, Druker afirmó:

“El fraude no fue perpetrado por una agencia extranjera de inteligencia, un sindicato del crimen internacional o una camarilla de financieros astutos, sino por una red de distinguidos científicos, que no implicaron cambios en el clima, sino cambios en nuestra comida”.

Dijo que su sorpresa y de miles de seres humanos es mayúscula al descubrir que la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA por sus siglas en inglés) ha sido el principal cómplice.

Añadió que gracias a sus engaños, esos científicos y sus descendientes han consumido durante más de 15 años “productos novedosos” que el mismo personal científico de la FDA había calificado previamente como excesivamente peligrosos para la salud humana.

Aseveró que el comportamiento de la FDA resulta especialmente preocupante, ya que se negó a regular los alimentos a partir del uso de Organismos Genéticamente Modificados (OGM) y, de hecho, los defendió enérgicamente.

Con la presunción de que esos alimentos adulterados en su composición genética, añadió, eran tan seguros como los convencionales, autorizó la comercialización de alimentos derivados de OGM, “no sólo sin realizar ensayos previos, sino también sin etiquetas que informaran a los consumidores acerca de la reconfiguración genética”.

Esto lo calificó el doctor Druker como “poco científico, irresponsable y básicamente incorrecto”, y también ilegal, lo cual fue confirmado posteriormente por el propio proyecto de investigación.

El propio Steven Druker emprendió un sistema de consenso para interponer una demanda formal contra el gobierno, a través de la FDA, a la cual se unieron nueve científicos de renombre, entre ellos profesores titulares de la Universidad de California en Berkeley, de Rutgers, de la Universidad Estatal de Nueva Jersey, la Universidad de Minnesota, y la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York.

A estas instituciones académicas se unieron sacerdotes y ministros de una amplia gama de denominaciones cristianas, incluida la Episcopal, Bautista y Católica, además miembros de la Coalición sobre Religión y Ecología, de la Universidad del Noroeste de América del Norte, y de Teología de la Universidad de Georgetown.

Los argumentos que se presentaron en la demanda Alianza para la Bio-Integridad, ante el Tribunal Federal del Distrito de Washington DC, se ha mantenido, sin que se deje de engañar al público.

El libro de referencia fue publicado originalmente en inglés, en 2015 y posteriormente el juicio se ha reanudado y existen señalamientos en mayo y septiembre de 2017.

Hay preocupación en la comunidad científica en materia de ingeniería genética, a partir de los titubeos y engaños surgidos en la década de 1980, en el sentido de la regulación de Organismos Genéticamente Modificados.

En esa época en la Universidad de Minnesota, el profesor de la Facultad de Ciencias Biológicas, Philip J. Regal, anunció que los biólogos moleculares del Instituto Nacional de Salud y la Academia Nacional de Ciencias de EU, junto con autoridades del gobierno, habían decidido que la ingeniería genética era segura y que darían la aprobación incondicional a todas sus aplicaciones.

Estas decisiones con el paso del tiempo, se ha demostrado que son equivocadas y que es necesario trabajar intensamente por dar claridad a los proyectos de investigación que pueden resultar fatales para la salud de quienes, sin su consentimiento, son sometidos a tratamientos alimenticios y medicinales, sin su consentimiento y fuera del sistema de etiquetado.

Se considera que la población urbana es la más expuesta al riesgo de efectos secundarios por la ingestión de alimentos, frutas y hortalizas derivados de procesos transgénicos, por lo que es necesario mantenerse alerta a la hora de admitir y suministrar productos catalogados como organismos genéticamente modificados.

Antonio Turrent Fernández, destacado científico mexicano y promotor de evitar el consumo de alimentos genéticamente modificados, dijo que las importaciones de maíz transgénico, proveniente de Estados Unidos, es el principal producto que México compra en el mercado norteamericano con estas características.

Informó que estas importaciones del cereal, que llegan a 10 millones de toneladas anuales destinadas a la alimentación animal –para producir carne de res, de pollo, de cerdo, huevo y leche—podrían suprimirse, frente al alto potencial que tiene México de producir este grano en las zonas tropicales, y en todos los estados del norte, con posibilidades de mantener una oferta anual de maíz del orden de 50 y 60 millones de toneladas.

Sí, dijo, este es el potencial productivo que tiene México, pero es necesario realizar una actualización científica, una extensión tecnológica de grandes dimensiones, de aprovechamiento integral del recurso agua y pensar seriamente en desarrollar inversiones perfectamente planeadas no sólo para acondicionar las tierras, sino de crear la infraestructura para aprovechar el potencial de agua que tenemos y sumar todo un gran caudal representado por las lluvias, en gran parte esa agua se desperdicia.

“Hay que invertir para obtener resultados que necesitamos. Dejar de importar maíz, es posible; tener reservas suficientes del grano, es posible, aumentar la productividad, es viable”, expuso.