Con el descubrimiento de un cenote abajo de la pirámide de Kukulcán, en Chichén Itzá, se abren interrogantes para el estudio de la cultura maya pues aun cuando existe la certeza de que existe, no ocurre lo mismo en el caso de sus dimensiones.
Fue largo el camino para llegar a ese hallazgo, dijo René Chávez, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM, pues fue necesario retomar diversos conocimientos y prácticas efectuadas anteriormente en ese sitio arqueológico de la Península de Yucatán.
Fue así como se decidió utilizar métodos geofísicos que pudieran determinar las irregularidades del interior de la pirámide, detalló el especialista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Para probar los métodos que emplearían en la pirámide también conocida como El Castillo se hicieron pruebas previas en otra ubicada en el mismo sitio llamada El Osario, detalló el científico durante la presentación del hallazgo en la Casa de las Humanidades.
En ese lugar ya se conocía una oquedad en el interior de la construcción, así como una escalinata que conducía a ese hoyo, por lo que los métodos utilizados fueron probados primero en esa estructura.
Posteriormente se diseñaron unos electrodos para no dañar la pirámide de Kukulcán, con los que se obtuvieron parámetros que en los resultados se mostraban como colores, en donde el rojo representaba cavidades y el azul, agua, entre otros aspectos.
De esta manera se tuvo conocimiento del cuerpo de agua que se ubica de bajo de una parte de la pirámide El Castillo.
Corresponderá a los arqueólogos responder las preguntas que este hallazgo deja abiertas, como si los mayas tenían conocimiento de ese cuerpo de agua antes de edificar la pirámide o no, lo que contribuirá en profundizar en el conocimiento de esa cultura, dijo René Chávez Segura.




