Dentro de las actividades conmemorativas al Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor, se llevó a cabo una plática con el escritor mexicano Xavier Velasco.
Velasco ganó el Cuarto Premio Alfaguara en 2003 por su novela “Diablo Guardián”; de sus publicaciones también destacan “Una banda nombrada Caifanes”, “Cecilia”, “Los hijos de Ziggy Stardust”, “El materialismo histérico”, “Luna llena en las rocas” y “Éste que ves”.
La cita fue en la Petroteca Agustiniana, misma que lució abarrotada de amantes de la lectura y de seguidores del autor, deseosos de conocer de cerca a su escritor.
El autor agradeció a los presentes su asistencia e interés por esta plática; comentó que la Petroteca era muy bella y que le recordaba su estudio, ya que si aquí los estantes están llenos de piedras, en su casa están colmados de apuntes con ideas para sus publicaciones.
Comentó que está por terminar una novela que inició hace 5 años, pero que no iba a detallar para que resulte una sorpresa cuando se acabe de escribir.
Dijo que no ha podido terminar su novela porque se encuentra trabado, pues se dio cuenta de que contaba su infancia inconscientemente, lo que no era su deseo, ya que más bien quería contar una historia a partir de algún hecho de su niñez.
Señaló que tuvo una infancia muy inocente, que no se metía con nada ni nadie, muy bien portado, lo que le valió que fuera un niño golpeado y pateado por otros.
Mencionó que al escribir, se dio cuenta de que podía desaparecer la historia de ese niño, cambiarla y moldearla a su antojo, ya que cada recuerdo de su niñez lo lleva muy marcado y presente.
Se sabe de memoria cada recuerdo, cada historia vivida, ya que fueron épocas muy intensas para él, pero encontró que con la lectura podía y puede sacar sus fantasmas internos.
Para él la infancia fue un tormento, ya que las maestras de catecismo lo traumaron, pues le decían que si alguien se portaba mal se iba al infierno, y sólo le hablaban de lo malo, sin hacer mención de lo bueno, por eso creció con temor y le daba miedo portarse mal.
Eso le ayudó a contar una historia desde la mirada de un niño temeroso que cree en el infierno y que piensa que será juzgado.
Fue una infancia restrictiva y difícil, donde sólo repetía o hacía lo que los adultos decían.
A los 8 años se dio cuenta de que su vida era un averno, a partir de una enfermedad que afectó a su madre, también descubrió que para él, el horario escolar era su infierno, y que al llegar a casa entraba a la gloria.
El novelista aseguró que nunca ha dejado de ser niño y sentirse como tal, comprometido con llevar sus sueños hasta el final, ahí radica su vitalidad y energía, mismas que ahora trata de imprimir en sus personajes.



