Lunes 10 Agosto 2020

El Trabajo: el dedo que tapa el sol

El domingo pasado se realizó el debate entre aspirantes a dirigir el Ejecutivo del Estado. Se trataron temas como seguridad pública, corrupción e impunidad, desarrollo democrático y participación ciudadana.

Pero, para mí, el tema más relevante fue el de "desarrollo económico y empleo". En el tema hubo unanimidad: hay que desarrollar a nuestro Estado y hay que abrir ancha y firme la brecha hacia el pleno empleo; lo cual, para mí representa un peligro.

Hablar en contra del desarrollo económico y en contra del trabajo es ser un enemigo de la vida y los valores públicos, porque según Ernst Schumacher (Lo pequeño es hermoso) "Basta que se diga que algo reducirá el nivel de vida para que toda posibilidad de debate desaparezca de inmediato. El hecho de que ese trabajo que destruye el alma y carece de sentido, es mecánico, monótono y embrutecedor, constituye un insulto para la naturaleza humana, produce necesaria e inevitablemente escapismo o agresión, y el hecho de que ninguna cantidad de pan y circo puede compensar por el daño causado son cosas que nadie niega ni reconoce, pero son admitidas con una inquebrantable conspiración de silencio, porque negarlas sería demasiado absurdo y reconocerlas condenaría a la preocupación central de la sociedad moderna como un crimen en contra de la humanidad".

Realizar un análisis teórico profundo sobre el trabajo asalariado (subrayo: asalariado), es cuestionar toda la estructura social basada en la explotación de un@s cuant@s sobre much@s.

Hablo precisamente del trabajo asalariado porque su nacimiento va ligado a un fenómeno moderno que es el sexismo, porque va ligado a la desaparición de los medios de subsistencia y, porque destruye, en la gran mayoría de los casos, el espíritu de quien lo realiza, así como su entorno ecológico.

Es en estos momentos en que el proceso de acumulación de capital se vuelve más atroz, en los que es necesario que reflexionemos sobre el tema.

Silvia Federicci, en su 'Calibán y La Bruja', nos dice que el sistema capitalista no reconoce la producción y reproducción del trabajo (la maternidad), como una actividad socio económica y como una fuente de acumulación de capital, en cambio la mistifica como un recurso natural o un servicio personal, al tiempo que saca provecho de la condición no asalariada del trabajo involucrado.

Illich asegura, en 'El Trabajo Fantasma', que el trabajo asalariado y su par, el trabajo fantasma (del cual hablaremos adelante), solamente pudieron surgir cuando se logró contener a la mujer dentro del hogar como un ente no productivo (no asalariado), rompiendo así con el equilibrio social que él llamó el Género Vernáculo, y jerarquizando las funciones de los sexos.

Las jerarquías sexuales (Federicci) siempre están al servicio de un proyecto de dominación que solo puede sustentarse a sí mismo a través de la división, constantemente renovada, de aquellos a quienes intenta gobernar.

"En el corazón del capitalismo -continúa Federicci- no solo encontramos una relación simbiótica entre el trabajo asalariado-contractual y la esclavitud, sino también, y en relación con ella, podemos detectar la dialéctica que existe entre acumulación y destrucción de la fuerza de trabajo, tensión por la que las mujeres han pagado el precio más alto.

La teoría del valor-trabajo no solo fundó la división económica de los sexos, sino que ocasionó un desencuentro entre la humanidad y la naturaleza, ya que nos alejó de la realidad y nos ha inclinado a pensar que todo aquello que no hemos hecho con nuestras propias manos es algo sin valor.

Dice Schumacher que "...es obvio que hemos trabajado para generar gran parte del capital que nos ayuda a producir (...conocimiento científico-técnico y de otro tipo, una elaborada infraestructura física...etc.). Pero todo esto no es sino una pequeña parte del capital total que estamos empleando".

El capital proporcionado por la naturaleza es mucho más importante que el aportado por las personas. Y no reconocemos este hecho, destruyéndola a diario con mega proyectos.

Ahora, si tomamos en cuenta la innegable existencia del trabajo fantasma, la cosa se pone peor. El trabajo fantasma, según Illich, es toda aquella actividad NO retribuida que realizamos con la finalidad de consumir bienes o servicios.

Esto representa gran parte del recurso que ganamos y gran parte de nuestras energías: pagar impuestos para que se construyan carreteras, pagar o hacer la afinación del automóvil, comprar llantas, contribuir para la renovación del transporte público, la estufa, el refrigerador, la lavadora, realizar instalaciones eléctricas e hidráulicas para cocinar, comer, lavar, tomar el camión para ir a la escuela o al centro de salud y un largo etcétera. Son actividades NO retribuidas que realizamos para consumir bienes o servicios.

Ante la escasez de Trabajo Asalariado y ante la exigencia de mayor escolaridad para obtenerlo, entre otras cosas, podemos decir que el trabajo asalariado siempre ha sido la mercancía más cara y que, sin el trabajo fantasma, la estructura social de explotación no podría existir.

¿Alguna duda? Tan solo basta preguntarse cuánto de nuestro salario empleamos en ir a trabajar (vestido, alimento, transporte). ¿La mitad o más?

En fin, el trabajo dispone que se nuble el horizonte para los partidos políticos y hasta para los movimientos sociales.

Existen soluciones al asunto en las que he insistido en otras colaboraciones y que, por cuestión de espacio me es imposible tocar. Tan solo diré que, al contrario, Alejandro Tello (quien fue el único que lo expreso literalmente), no creo que sea algo sano alejarnos de las actividades de subsistencia; todo lo contrario, hay que apoyarlas con conocimiento y material.

*Estudiante de Derecho y miembro de #YoSoy132
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