Martes 22 Septiembre 2020

Consideraciones sobre el desarrollo

En varias colaboraciones he externado la necesidad de despojarnos de los anteojos que la ideología impuso sobre nuestras narices. La serie de cuestionamientos que preceden a dicho despojo implican que, como sociedad, nos preguntemos la pertinencia de instituciones como la escuela, el transporte público o los servicios de salud, que logremos cuestionarnos los logros reales, si existe un impacto benéfico en el fondo de estas instituciones que a lo largo de más de 50 años nos ha impuesto un proyecto colonizador llamado DESARROLLO.

No lograría explicar, por mí, qué es el desarrollo, sino acudiendo a algunas citas de textos de Iván Illich: El trabajo fantasma y El género vernáculo. Textos en los que Illich hizo un llamado de alerta, hace más de 30 años, desde su Centro Intercultural de Documentación (Cidoc), sobre la contraproducción que este ideal de sociedad (desarrollada) atraería para la humanidad:

El 20 de enero de 1949, “…el presidente Truman anunció su programa, y en el Punto Cuatro nos topamos con la palabra desarrollo en su acepción actual. Hasta entonces utilizábamos ese término sólo para las especies o las superficies geométricas o los temas musicales; pero después se iba a sintonizar demasiado bien con las palabras: ¡pueblos, naciones, estrategias económicas! A partir de entonces cayó encima de nosotros un diluvio de teorías del desarrollo cuyos conceptos hacen ahora la delicia de los coleccionistas: crecimiento, recuperación, modernización, imperialismo, dualismo, dependencia, necesidades fundamentales, transferencia de tecnología, sistema mundial, industrialización autóctona y desconexión temporal. Cada uno de ellos venía en dos olas. Una llevaba el pragmatismo que elogiaba la libre empresa y las mundialización de los mercados; la otra, a los políticos que celebraban la ideología y la revolución.

“Al igual que la libertad y la igualdad, el desarrollo se volvió en los años sesenta un ideal. El desarrollo de los otros pueblos constituía, para los ricos un deber y una responsabilidad. Se definía el desarrollo como un programa de construcción, se hablaba candorosamente de construir nuevas naciones. El objetivo inmediato de esta nueva ingeniería social era la dotación de un conjunto equilibrado de nuevos equipamientos: escuelas, modernos hospitales, vastas redes de carreteras, fábricas, electrificación, junto con la creación de una población entrenada para hacerlos funcionar y para que experimentara la existencia de los equipamientos como una necesidad.

“Fundamentalmente, el desarrollo implica el remplazo de capacidades generalizadas y de actividades de subsistencia por el empleo y el consumo de mercancías, implica el monopolio del trabajo remunerado en relación con todas las otras formas de trabajo; por último, implica una reorganización tal del entorno, que el espacio, el tiempo, los recursos y los proyectos se orientan hacia la producción y el consumo, mientras las actividades creadoras de valores de uso, que satisfacen directamente las necesidades se estancan o desaparecen.”

En una sociedad así, “Cada gran sector de la economía genera sus contradicciones específicas y paradójicas. Cada sector engendra, inevitablemente, lo inverso de aquello para lo que fue concebido. Los economistas, cuya competencia para evaluar los costos externos aumenta, no son capaces de apreciar estos elementos internos negativos, y por lo tanto de medir la frustración de una clientela cautiva, frustración de una índole distinta a un costo. Para la mayoría de la gente, la escuela no hace más que transformar las diferencias genéticas en una degradación certificada; la salud medicalizada aumenta la demanda de servicios más allá de lo que es útil y posible, y socava esa capacidad del organismo para defender lo que el sentido común llama buena salud; los transportes, que la gran mayoría no puede utilizar más que durante las horas pico, aumentan la duración de la esclavitud a la circulación, disminuyendo a la vez la libertad de desplazamiento y las posibilidades de reunión. De hecho, el desarrollo de los sistemas escolar, médico y de otras estructuras de bienestar despoja de manera muy precisa a los usuarios de la ventaja que debían obtener de ellos, ventaja que estaba en el origen mismo de la concepción y del financiamiento de esos sistemas.

“El privilegio más buscado será, a partir de ahora, no tanto obtener del desarrollo una nueva satisfacción sino protegerse de sus daños. La persona que gana es la que puede desplazarse fuera de las horas pico; la que sale probablemente de un establecimiento de enseñanza privada; la que puede dar a luz en su casa; la que sabe bastante como para evitar al médico en caso de enfermedad; la que tiene bastante dinero y suerte como para respirar aire puro; la que tiene los medios como para construirse su propia casa. Actualmente, las clases bajas están formadas por aquellos que se ven obligados a consumir los productos y servicios contraproductivos que les imponen tutores autoacreditados; los privilegiados son aquellos que están en libertad de realizarlos.

“Estas formas específicamente modernas de frustración, de parálisis, de dilapidación, bastan para desacreditar totalmente la idea de que la sociedad deseable es la que posee una capacidad establecida de producción.”

Continuará…

 *Estudiante de Derecho y miembro de #YoSoy132
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