Domingo 19 Septiembre 2021

Desigualdad, realidad social en México

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Los movimientos y protestas sociales que se han presentado en el país, derivados por la desaparición de un grupo de estudiantes de Ayotzinapa -principalmente- son situaciones que sin duda formarán parte importante en la historia de México, pero no como un hecho insólito o aislado, sino como un hecho recurrente que una vez más se hace presente para mostrar lo peor de la estructura social: la desigualdad.

Y aunque muchos políticos o beneficiados del gobierno en turno señalaran esto como una estrategia de la oposición para desestabilizar al país, lo cierto es que la desigualdad e injusticia social hoy muestran otra cara, la cara de los desaparecidos de Ayotzinapa, pero que en algún otro momento histórico ya se mostró con casos como el de Tlatelolco, Atenco, Acteal, Ciudad Juárez y/o Guardería ABC.

La desigualdad pareciera ser la esencia natural de esta sociedad y que como lo menciona José Woldenberg en su artículo 'La desigualdad en México' es “el sello más longevo, permanente y fundamental que marca a la sociedad mexicana y le da su textura” (revista UNAM, 2011).

Tal es el grado en que marca a la sociedad, que este fenómeno se puede ver documentado en todos los libros de historia de México.

ayotzinapaSe habla de desigualdad desde épocas prehispánicas, la Colonia, el México independiente del siglo XIX, el siglo XX y los tiempos más recientes, y siempre, observándose a una sociedad estructurada por clases, grupos, etnias en las que se muestra una clara y enorme desigualdad social, económica, laboral, educativa, de salud y de justicia.

La historia de la sociedad mexicana, como estableciera Karl Marx en el materialismo histórico, “es el resultado del modo en que los seres humanos organizan la producción social de su existencia”.

Fueron precisamente estas formas de organización social, que al desarrollarse, generaron relaciones injustas para las clases menos favorecidas; Héctor Díaz-Polanco explica que “en el momento en el que se desarrollan y cambian las fuerzas productivas, se dan nuevas relaciones sociales”, y en México esto provocó el hartazgo social por las desigualdades surgidas, lo que llevó a su población a levantarse en armas y luchar en guerras como la de Independencia y la Revolución.

Engels señala en su obra (1880): 'Todos los cambios sociales y todas las revoluciones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres […] sino en la economía de la época de que se trata. Cuando nace en los hombres la conciencia de que las instituciones sociales vigentes son irracionales e injustas […] esto no es más que un indicio de que en los métodos de producción y en las formas de cambio se han producido calladamente transformaciones con las que ya no concuerda el orden socia'l.

Esto es justamente lo que comienza a reinar de manera general en la sociedad mexicana: la consciencia de que las instituciones y gobierno vigente no emplean métodos que concuerden con la realidad social. Se ha olvidado que se vive un proceso de movimiento y cambio permanente que hacen que las necesidades y demandas colectivas se incrementen de manera considerable, y éstas, no están siendo satisfechas al mismo ritmo por las estrategias y tácticas neoliberales que utilizan los dirigentes del país.

Por el contrario, esta corriente económica y política ha sido la mejor estrategia para la subsistencia de los grupos de poder en México, mientras que los niveles de la irritante desigualdad en el resto de la población mexicana se elevan porque además, no cuenta con los medios de producción para competirles y la riqueza del país se sigue acumulando entre quienes tienen más posibilidades económicas.

Es así que la drástica reducción del gasto público como característica esencial de este sistema ha colocado a México, de los 34 países que pertenecen a la OCDE, como la nación que tiene “el menor ingreso disponible, y al mismo tiempo, destina la menor cantidad de recursos públicos con respecto del tamaño de su economía”, lo que significa que su gasto social es equivalente al 7.4% del producto interno bruto (PIB), el más bajo con respecto al promedio de los países pertenecientes al organismo que es de 21.9% del PIB.

Lo que finalmente nos coloca en tema de pobreza como la economía con la tasa más alta, con una cifra de 21.4 por ciento, muy por encima del promedio que establece la OCDE que es de 11. 5 por ciento.

Además, nos hemos ganado el reconocimiento como uno de los países más desiguales de América Latina. El ingreso de 10 por ciento de la población más rica es 29 veces mayor que el de 10 por ciento de la población más pobre, lo que significa que los ingresos reales en los hogares más ricos creció 1.7 por ciento y solo 0.8 para las personas menos favorecidas.

Actualmente, 1 de cada 5 habitantes vive en extrema pobreza y 1 de cada 2 en pobreza, y en los últimos años creció este número respecto del total de la población que no cuenta con el ingreso necesario para adquirir comida.

Prácticamente, 4 de cada 10 no tiene suficiente dinero para alimentarse. Frente a este indicador, Coneval señala que el 73.8 por ciento de la población, es decir, 86.6 millones de mexicanos, presenta una o más carencias sociales, ya sea en educación, salud, seguridad social, vivienda, servicios básicos y alimentación.

Pero, ¿qué pasa con los salarios de la población mexicana que no cubren esas necesidades? A la fecha, el salario mínimo se estableció, para la zona A en 70.10 pesos y para la B, en 66.457 pesos; sin embargo, uno de los problemas está en que un 14 por ciento de la población ocupada ni siquiera recibe un salario mínimo.

De acuerdo con el informe presentado por la Comisión económica para América Latina y el Caribe (Cepal), México es el único país de Latinoamérica en donde el salario real mantiene a sus habitantes en la pobreza.

En este país tener un empleo no garantiza salir de la pobreza, y dicha situación fortalece el fenómeno tan complejo e histórico de la desigualdad.

Una desigualdad que en este país se explica por atributos personales, relacionales y estructurales que determinan las posibilidades que tenemos de capturar y retener recursos e ingresos durante nuestra vida.

Hablamos del capital económico, cultural y social, relacionado directamente con la propiedad de bienes y recursos para la producción -que además, son acumulativos de generación en generación- y señalados como las principales causas de este fenómeno.

Jamás se podrá imaginar y mucho menos comparar el sueldo mínimo de un mexicano promedio con los recibidos por la clase política del país, que en algunos casos van de la mano con pensión vitalicia y que no hacen más que acentuar la indignante situación de desigualdad e injusticia social.

En este país se gasta más en mantener a la clase política, en remodelar Los Pinos y/o comprar aviones presidenciales que en seguridad y alimentación, como si con ello se fueran a mejorar las condiciones y oportunidades de vida, y no podemos pensar en que se tenga un mayor gasto público en educación.

Esta es la realidad de la sociedad mexicana. Una realidad palpada y construida por lo que conocen, viven y padecen en su vida cotidiana la mayoría de la población.

Y aún cuando esa realidad pudiera diferir para algún otro sector social, como lo explican Peter L. Berger y Thomas Luckmann en su obra 'La construcción social de la realidad', al decir que “la realidad y el conocimiento pertenecen a contextos sociales específicos”.

Cierto es que las manifestaciones que se han desarrollado en todo el país dan muestra de que en cualquier contexto de la nación, para la gran mayoría, es un mundo de desigualdades conscientemente generado.

Las protestas y movilizaciones no son meramente estrategias para desestabilizar al país, son más el hartazgo de un fenómeno de tales magnitudes como la desigualdad, porque a final de cuentas “El hombre de la calle se preocupa de lo que para él es real y conoce, a no ser que algún problema le salga a su paso” (Berger y Luckmann, 2003 pág. 12), y la desigualdad para todos los estratos sociales representa un grave problema.

Sin embargo, a pesar de todos los conflictos sociales, es muy poco lo que se hace para mejorar esta situación en la que ya todos debieran considerarse parte de algún grupo vulnerable.

La historia se repite una y otra vez, y mientras los políticos han vivido más preocupados por mantenerse en el poder, en la sociedad que ellos representan, se siguen suscitado crímenes como el de Tlatelolco, Acteal, Atenco, Cuidad Juárez, Guardería ABC, Ayotzinapa, entre muchos otros, en los que siempre salen a relucir las crueles desigualdades de la estructura social y que hoy se hacen más evidentes como tema público y de reclamo ciudadano gracias al uso de las nuevas tecnologías de la información.

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