Sábado 24 Octubre 2020

El chilango de la casa grande. Parte II

Parte II: Vía crucis

testimonio-frontera1Bienvenidos. La semana pasada conocimos a Sergio Daniel Benítez, “El chilango de la casa grande”.

Un grupo de michoacanos le aplicó ese apodo al aventurarse a cruzar ilegalmente la frontera con Estados Unidos. Rara conducta el atrevimiento a sumergirse en el gran viaje. No apta para el que no sufre tanta adversidad, desde su “casa grande”.

Al parecer ya no es casual ver poblados, comunidades y rancherías del país en las que no haya una parte importante de migrantes. De hecho se ha convertido en una mecánica de trabajo. La gente emigra y regresa a las fiestas patronales. Visitan a la familia por temporadas. Se hacen de una personalidad nueva, mandan remesas, gustan del trabajo temporal, se vuelven bilingües, etcétera. En muchas ocasiones tienden a desdeñar lo mexicano u otras a afianzarlo.

Por su parte, Sergio sintió en carne propia lo agresivo de la travesía y en esta parte nos la relata detalladamente. Logró vivir 10 años en Tucson, Arizona, pero a un alto costo.

Viacrucis
testimonio-frontera2- De Altar Sonora, punto de fuga hacia el otro lado, cruzaste y fuiste deportado. Los agentes migratorios los capturaron y regresaste a Mexicali, ¿Cómo fue?-, pregunté.

- Como te comenté la semana pasada, yo no sabía en qué me estaba metiendo, sentí como si fueran unas vacaciones. Para mis cuates michoacanos, en cambio, era una cosa muy importante. Allá iban a echarle ganas con sus familias. En verdad era importante para ellos. Yo creo que para cualquiera que intente cruzar lo es. Ese fue mi error, desestimar el trabajo y el riesgo.

Cuando fuimos deportados a Mexicali solo pasaron tres días antes de que regresáramos a Altar Sonora. Al segundo intento. Es un show. El pollero nos dijo que caminaríamos ocho horas. Resulta que al estar del otro lado hubo un patrullaje. Teníamos que rodear, bordear el ojo clínico de los policías fronterizos. Pero los polleros también conocen el desierto y los caminos.

A mí me daño mucho el primer intento. Me sentí muy mal. Me atacó un resfrío y el cuerpo lo sentía cortado. Esa fiebre me duró hasta el segundo intento. Recuerdo que ese mismo día estaba tirado en una casa, en Altar.

Esperábamos al pollero. No aguanté la fiebre así que tomé como cinco o seis pastillas. Me sentí mejor. Sin ellas no habría podido caminar toda la noche. Pude darme el lujo de bañarme.
Cuando llegó el pollero cruzamos. Empezamos a caminar. A las seis de la mañana, supuesta hora de encuentro con el “Levantón” que nos llevaría a la casa. El wey este nos dijo: vamos a tener que caminar más. Están vigilando la zona.

La noticia me afectó, el cambio de clima tan abrupto me pegó con ganas. A las ocho de la mañana ya tenía escalofríos. No compré lo necesario. Se me acababa el agua y apenas tenía dos latitas de atún. Pero fui optimista. Además ahí tienes que aguantar. Dieron las doce, tres, cinco, ocho, diez de la noche. Entró la madrugada nuevamente y no dejábamos de caminar. Descansamos por momentos solamente.

Al hacerlo yo pensaba en todo. Me di cuenta de la advertencia de mis cuates. Que yo omití. Me estaba arrepintiendo.

Lo peor no fue eso, bordeamos cerros, el viaje fue cansado. Había arbustos, a los avisos del pollero teníamos que acelerar o bajar el paso. Él no se ocupaba de nadie, estaba entrenadito, se sabía el camino como la palma de la mano, camello del desierto.

Cuando nos acercábamos, a los tres días hubo una especie de mitin, una revuelta. Estábamos cansados e inconformes. Nos habían dicho que caminaríamos durante la noche y ya estábamos alcanzando los tres días. Nos revelamos. Optamos por quedarnos ahí, en medio del desierto.

Pero nos dieron la vuelta, voltearon la tortilla machín. El pollero se prendió. No es fácil ceder en esas condiciones, con tanta desventaja. Dijo que podíamos quedarnos ahí, era nuestra decisión, él se iría y simple y sencillamente moriríamos. Si nos encontrara la migra entonces perderíamos todo nuevamente.

¿Siguieron caminando con él?
testimonio-frontera3Obvio. No teníamos de otra. Él tenía razón, o nos regresaban o moríamos, nadie tenía la más mínima idea de dónde estábamos. Seguimos arrastrando los pies. Finalmente llegó la gloria, nso estaba esperando la camioneta, escondida. Subimos y yo no recuerdo nada más, estaba tan agotado que al sentarme me desmayé.

Recuerdo que cuando salíamos en la camioneta, todavía en el desierto, vi un borrego cimarrón. Creo que fue una ilusión. No sé si habiten ahí. Me quedó muy grabada la idea de ese mamífero porque en mi estancia aquí en Mexicali, antes de salir a Altar, Sonora, escuché que se trataba de un animal representativo.

Sí fue una ilusión fue terapéutica porque me sentí más cerca de casa. Ahora vivo aquí. Estoy bien y los diez años que estuve allá y lo que hice son otra historia. Pero ese viaje no lo vuelvo a repetir. No vale la pena arriesgar la vida y llegar en las peores condiciones a un país que no es el tuyo y que lo que te ofrece no siempre es en las condiciones en que uno debería ganarse las cosas.

Esa charla la cerró con un comentario que yo replico para finalizar esta parte del testimonio.

-No vale la pena, lástima que eso no te lo ofrezca tu propio país, no debería ser así.

El chilango de la casa grande. Parte I  

FOTOS: JONATHAN GONZÁLEZ

* Jonathan Conetl González es egresado de la Licenciatura en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Aunque es zacatecano actualmente vive en Mexicali donde realiza una investigación sobre el fenómeno migratorio. Terminó su primer libro de cuentos 'Palabras en primera persona' y el cuadernillo de poemas 'Distancias interiores'.