Sábado 31 Octubre 2020

Héctor Adelio, pinceladas con tinta negra y caos. Parte I

Parte I. El Limbo de la deportación y el Infierno de la discriminación

Cuando conocí a Héctor Adelio Padilla Valenzuela en julio del 2010 no imaginé su historial de vida. Al poco tiempo le propuse que testimoniara su experiencia y finalmente lo entrevisté con calma. 

Mexicano, fue deportado por la frontera de Mexicali, Baja California. Vive con Maggy y su hija Krishna, de 10 meses. Trabaja en una recicladora de plástico en la misma ciudad.

 

Lo primero que declaró fue que su deportación llegó por coincidencia. Al hablar siempre afina estilo y habla con soltura.

"La conducta del gobierno norteamericano frente a la migración sostiene sus reformas con juicios racistas. Cuando logré cruzar con mi hermano la policía federal nos detuvo al norte de Kansas. Argumentaron que tres mexicanos en camioneta de lujo era imposible, teníamos que ser criminales, contrabandistas", dice el migrante deportado.

Nadie niega que luego del 9-11 las reformas  migratorias son rígidamente diseñadas, sumando  inseguridad y fenómeno migratorio. El pasado jueves 16 de noviembre se anunció una reforma que para muchos es la mejor desde la propuesta en 1986, que suponía una estancia legal para trabajadores.

Héctor y la gran mayoría de mexicanos migrantes no serán beneficiados. La aglutinación migrante condiciona sus derechos y posibilidades, jugada mañosa con que se topan los que entran, los que intentan llegar y los que son expulsados. Tales reformas son ganchos, cuerdas de pesca. Vulneran a los indocumentados criminalizándolos. Se da luz verde al conflicto y al mitote.

Pero hay un estrecho por el que la ojeada habitual no llega: los deportados, condición semejante al Limbo. El migrante deportado está en un punto semineutro, su patrimonio quedó allá, y a menos que tenga su origen en la frontera de Mexicali, Tijuana o Juárez, regresa a su tierra pero no a su casa. En esa condición su país no es precisamente un lugar amigable, flotando entre la deportación y el desarraigo.

Por suerte, Héctor forma parte del grueso poblacional que regresó a su casa en Mexicali. Hoy está fichado en Estados Unidos, con un record que le impedirá regresar, aunque eso no le importa. Las ciudades fronterizas hospedan un gran número de deportados en esa misma condición.

Héctor emigró a los 4 años de edad en un vuelo directo al norte de Dakota.

"Recuerdo el primer conflicto por nuestra apariencia, lo tengo porque fue la primera vez que pisé Estados Unidos, en el aeropuerto. Los agentes de seguridad se negaban a entregarnos el equipaje, mamá no tenía papeles, mi hermana apenas caminaba y yo estaba muy chico, pero intuía el miedo en rostro de mi madre. Finalmente los agentes nos dejaron ir y mi padrastro nos recogió. Nunca había visto tanta nieve", relata Héctor Adelio.

Inferior para los propios mexicanos
Hécto Adelio se educó en Saint Benedict, escuela cristiana que ofrece servicio gratuito de guardería y estancia. Durante el Highschool soportó los insultos de sus compañeros desarrollando rencor contra ellos, mismo que explotaría con el tiempo.

"Los más culeros son los mismos mexicanos: los pochos y los chicanos. Me decían: Eh, you´re a wetback, ¡He´s a wetback! Entonces sentí miedo de decir cualquier cosa.  Al crecer quise formar parte de ellos, aprendí a hablar gracias a Miss Barajas.

"Lo primero que dije bien en inglés fue 'May I go to the restroom?'. Los maestros negaban a los niños extranjeros, mexicanos o iraníes la salida al baño, a menos que pronunciáramos bien. Por nerviosismo me daban ganas de ir al baño, nunca quise batallar, así que pronunciaba perfectamente", recuerda nuestro entrevistado.

Héctor cambió de intereses, volviéndose violento y caótico. Argumenta un total desequilibrio en los migrantes. Para él y en general todos mis testimonios, el peor trato  que reciben los recién llegados proviene de los propios mexicanos.

Identificados por la condición legal de sus padres, la diferencia entre pocho y chicano es, en contexto, lingüística. El pocho habla y se expresa como norteamericano, hijo de padres mexicanos. Ser chicano refiere una condición más estructurada: hijos de mexicanos legales en Estados Unidos, una hibridación entre lo gringo y lo mexicano. Existe una tradición chicana en ciernes pero sólida. 

"Los gringos están habituados a toda clase de extranjeros, pero siempre demuestran su menosprecio. Aprendí en las calles, conviví con mayates –afroamericanos- que no trabajan y viven del gobierno. Crecí y lo que empezó como un juego se convirtió en algo real. Quise detenerme pero ya estaba metido en las pandillas; ahora me enfrentaba a asuntos de vida o muerte", lamenta Héctor.

El testimonio de Héctor se vuelca en un caos que con el tiempo giró en todo a una súbita lucidez, resultado de una cotidianidad sumida en asuntos de una cultura subterránea, poco habitual a la que conocemos en México, ceñida al carácter del deportado.

El transcurso de su vida en Estados Unidos puede expresarse por su niñez y la juventud y culmina en su deportación y encarcelamiento, mismos que aparecerán en la segunda y tercera parte. Es sobre todo un testimonio migrante, historia mexicana.

 

La segunda parte será publicada el próximo domingo.

 

Parte II. Borderland, la noche de los cinco años.

 

Parte III.- Sunset, la intemperie migrante

 

 

 FOTOS: JONATHAN GONZÁLEZ

 

* Jonathan Conetl Gonzalez es egresado de la Licenciatura en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Aunque es zacatecano actualmente vive en Mexicali donde realiza una investigación sobre el fenómeno migratorio. Terminó su primer libro de cuentos 'Palabras en primera persona' y el cuadernillo de poemas 'Distancias interiores'.