Huele a frutas de temporada y vegetales frescos. No puede faltar el penetrante olor de las especias y el suave aroma de los dulces típicos. Todos esos aromas se mezclan en el interior de un mercado.
¡Pásele marchante, qué va a llevar!, vocifera una voz grave, que desde la entrada del sótano del marcado Arroyo de la Plata se hace escuchar.
Son las 8 de la mañana, ha pasado una hora de haberse abierto las puertas de este mundo mágico con calor de hogar.
Hoy como desde hace 30 años, Don Polo Ortiz atrae a sus clientes con las mismas palabras cálidas y acogedoras. A veces funcionan, otras no, dice mientras acomoda unas mandarinas de color naranja intenso.
Los olores, colores y sabores de los puestos del mercado hacen que se dilaten las pupilas de los transeúntes que corren cada mañana al lugar para comprar sus frutas y verduras.
Contradictorio. La frase célebre “¡Pásele marchante!” le resulta familiar, pero inusual a Leónides Dorado, comerciante del mercado Genaro Codina o mejor conocido como “El Laberinto”.
“Hace mucho tiempo que no escucho esas palabras”, comenta mientras corta algunas pechugas de pollo en su local.
A las 7:30 de la mañana suele llegar a atender a su clientela “Don Leo”, como le dicen de cariño los comerciantes del mercado.
Los mercados son más que un simple espacio de compra y venta de insumos, son una síntesis de la cultura y la historia de una región, como lo dice Amalia Attolini, etnohistoriadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)[1].
El mercado como espacio de comercio y cultura tiene su origen en la época prehispánica, cuando se realizaban trueques entre las diversas culturas.

Aunque se sigue vendiendo prácticamente lo mismo que hace 50 años, su voz y su mirada coinciden en que los mercados nunca volverán a ser lo que fueron: un espacio de convivencia social.
Domingo: día de fiesta, día de compras de mercado
Las compras dominicales eran un espectáculo singular. Se veían transitar enormes canastas llenas de frutas y verduras de acuerdo al libro “Calles y Callejones de Zacatecas”, de Roberto Ramos Dávila[2].
Medio día, música, sabores y olores. La Banda del Estado tocaba sus acordes todos los domingos, en la entrada principal del mercado, por la Avenida Hidalgo.
Por el otro extremo, algunos “viejitos” se dedicaban a contar leyendas e historias para entretener a los visitantes mientras se sentaban plácidamente a desayunar después de salir de misa del medio día.
Esas imágenes difíciles de borrar son las que recordó como un flash Araceli Letechipia, comerciante del entonces Mercado González Ortega.
Ir al mercado a comprar era una “algarabía”; ahí se vendían jarros, semillas, verduras, carne, comida tradicional, flores, dulces, frutas y tortillas aplaudidas -hechas a mano- recordó.
¿Qué pasó?, se pregunta. Antes “se rescataba la tradición” y el mercado era un centro de convivio social inigualable.
Para los zacatecanos los domingos eran días de fiesta porque había mucha gente, todos salían de misa de Catedral y Santo Domingo y entraban al mercado, así como la gente que solía ir a pasear a Plaza de Armas, dijo.
Disfrutaban de los guisos, melcochas, greñudas, alamares, pan, birria, gorditas, entre muchas otras cosas como las artesanías, metates, molcajetes y jarros de barro, dijo Araceli, “ahí se encontraba todo lo que te habla de las raíces de Zacatecas”.
Los domingos siguen siendo los días más fuertes de venta para los mercados, dice Don Leo mientras se acomoda su sombrero y se amarra su mandil, aunque no se vive el mismo ambiente festivo de antaño.
Así se forjó la historia
El primer gran mercado de Zacatecas fue el que ahora es el González Ortega, de una gran tradición que perduró por muchos años, hasta que un día la historia tomó un rumbo distinto y en 1982 se desalojó a los comerciantes.
Antes de albergar tiendas de orfebrería, joyerías y vinaterías, este mercado era el gran centro de atracción comercial de los habitantes capitalinos. Era el mercado principal.
Edificado en los albores de 1861, este recinto ubicado el centro histórico de la ciudad ofrecía a los habitantes un sinfín de productos alimenticios frescos y de calidad.
El mercado, de tres plantas, se edificó para festejar el triunfo liberal de la guerra de Reforma, según relata el libro “Calles y Callejones de Zacatecas”.
Un trágico incendio acabó con el inmueble en diciembre de 1901, tras un largo periodo de demolición y construcción, y dos años después fue inaugurado, aunque solamente con dos plantas.
La parte alta se destinó al expendio de artículos alimenticios y en la parte baja se adecuaron locales comerciales y bodegas. Con el transcurso de los años este recinto recibió muchas denominaciones como el Mercado Principal o Mercado de Frutas.
En 1921 recibió el nombre de Jesús González Ortega para conmemorar el centenario de la consumación de la Independencia.
Don Leo tiene más de 24 años de comerciante en el mercado Genaro Codina, que se inauguró en 1906.
Con los años este lugar fue conocido como “El Laberinto” por las docenas de corredores de un metro de ancho que había al interior; “todo esto era un gentío bárbaro”, señala con su mano los ahora espaciosos andadores.

Actualmente hay alrededor de 94 locales en este mercado, y a pesar de estar en un espacio digno, la gente ha dejado de venir como antes, consideró Don Leo Dorado.
Los golpes de la modernidad
Era 1982, año crítico para la economía mexicana; fue el holocausto del Mercado de Frutas, recordó Araceli Letechipia, comerciante del entonces Mercado González Ortega.
Los locatarios fueron removidos de ese lugar hacia el Arroyo de la Plata, dijo, y “todo cambió y de ser una fiesta pasó a la oscuridad, se fueron los años dorados del mercado”.
Actualmente la vida cotidiana del mercado ha cambiado, lejos quedaron aquellas imágenes de algarabía y espacios pletóricos, ya que la globalización vino a desmembrar el tejido social.
La sobrevivencia de los mercados ha sido pesada por las bajas visitas y volúmenes de compras, debido a la competencia que constituyen los grandes supermercados.
“Me da la impresión de que los espacios como éste, que hablan de tradición y convivencia familiar y donde se estrechan lazos de fraternidad, van a desaparecer, consideró Letechipia.
Ya no se puede competir con las grandes empresas que no dejan dividendos para el estado, mencionó, lo cual sí hacen los pequeños y medianos comerciantes.
Hoy los comerciantes de los mercados están en crisis porque se paga renta, salarios, Impuesto Sobre la Renta (ISR), servicios básicos, entre otros gastos que hacen que no haya ganancias, recalcó.
El mercado Arroyo de la Plata contaba con 425 locatarios, de los cuales 72 se alojaban en el sótano, y de éstos han cerrado más de 19 comerciantes.
De la gloria al abismo…
Diciembre era la época más viva de los mercados, pero desde hace 5 años lucen vacíos y se han registrado pérdidas en las ventas hasta en un 30 por ciento respecto al mismo mes de años anteriores, detalló Araceli Letechipia.
Ya lloramos. ¿Ahora qué vamos hacer para revertir la situación del mercado?, se cuestionó la comerciante.
.Uno de los grandes problemas que enfrentan los mercados es la carencia de un estacionamiento propio, dijo Don Leo, lo que ha mermado las ventas.
Sin duda estamos en un tiempo de retos como comerciantes de un mercado, consideraron los dos mercantes.
Entre las estrategias que se pueden implementar están el impulso al consumo interno, “ya que si uno gana, todos ganamos, y si uno pierde, todos perdemos”, expuso Letechipia.
Se trata de rescatar las tradiciones locales, “esas que hablan de nuestra identidad y origen”, pues lo que se consume en los mercados es del día.
Además se requiere de remodelar los espacios de los mercados que existen en la ciudad, tal y como ocurrió con el Genaro Codina, para atraer a la clientela y ver renacer la vida del mercado, sostuvo.
“Los mismos locatarios podemos organizarnos y ofertar descuentos por día, es decir, un día ofrecer rebajas en verduras, otro en frutas, y al día siguiente en carnes para que venga la gente”, comentó Don Leo.
Es una buena estrategia para recobrar lo que se ha perdido, refirió, para que la gente venga a estos espacios de cultura y no se extingan los mercados.
El 23 por ciento de la población, es decir, alrededor de 23 millones de mexicanos, se dedican al comercio según datos del Instituto Nacional del Estadística Geografía e Informática (Inegi).
De la vista nace el amor
Lupita Samaniego es una de los clientes fervientes del mercado Genaro Codina desde hace más de 30 años.
Está consciente de la transformación de los mercados, de su decadencia, sus problemas y su renacimiento, pero dice que nunca volverá a vivir la emoción que le significaba acudir a comprar los insumos alimenticios a ese lugar.
Antes se respiraba un ambiente de folclor y de alegría, pese a ello, dijo que prefiere venir al mismo lugar que ir a los supermercados.
No hay mucha ciencia, todo consiste en “ver y tocar”, sentir la cáscara de las naranjas y las manzanas, ver el verde de los limones y el rojo del jitomate.
Todo se antoja en el mercado, manifestó la mujer de más de 50 años acompañada de su bolsa de red como se hacía décadas atrás.
Se acomoda del brazo de su esposo, quien también prefiere acudir a este centro de comercio que a los supermercados, donde todo lo que venden está refrigerado y muchas veces pasado.
La pareja sale del mercado con su bolsa repleta de frutas y verduras. Y como dice Lupita: “de la vista nace el amor”, pues los colores del mercado tradicional no se encuentran en las grandes tiendas.
Los días de mercado siguen muy presentes en la vida cotidiana de la provincia mexicana, pese a la complejidad que enfrentan como centros de comercialización.
Todavía conservan la esencia del México prehispánico con sus tradiciones y siguen teniendo una gran importancia comercial y cultural.
Los tianguis, mercado en lengua náhuatl, también han servido a la población para compra de insumos diarios y antojitos mexicanos.
Durante la época prehispánica, los mercados se consideraban el corazón de la ciudad. Un pregonero portaba estandartes con plumas y anunciaba la apertura del mercado.
Según se plasma en la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo[3], la imagen espectacular de los tianguis sorprendió a los conquistadores, ya que les causó sorpresa el buen orden que guardaban al dividirse por secciones, justo como ahora lo hacen los supermercados, que poco a poco desplazan a los espacios tradicionales en la preferencia de los consumidores.
FOTOS: RAÚL SILVA
[1] INAH, “Mercados, síntesis de cultura”, 2011, http://www.inah.gob.mx/boletines/247-historia/4508-mercados-sintesis-de-cultura
[2][2] Ramos Dávila, Roberto, «Calles y callejones de Zacatecas, Centro de Investigaciones Históricas de Zacatecas , 1996.
[3] Díaz del Castillo, Bernal, “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, biblioteca-electronica.blogspot.com, http://www.historiadelnuevomundo.com/docs/Conquista-Nueva-Espana-Bernal-Diaz-del-Castillo.pdf




